Ante estas paradojas, ¿cuál sería aquí la tarea? Una de las tareas,
al menos, sería, por ejemplo, reconstituir un plan de batalla, el mapa espectrológico de lo que fue, en La ideología alemana, la más gigantesca fantomaquia de toda la historia de la filosofía. Habría que seguirlo con todo detalle, en los insólitos juegos y en los recíprocos desbordamientos de lo que Marx denominaba, en los párrafos que acabamos de citar, un «contenido propio» y una «frase». El goce no debería ya perder ni un solo destello del espíritu, del espíritu de Marx (y de Engels), a través y más allá del mot d'esprit, no sólo de la economía del Witz, de sus agudezas y flechas, sino a través y más allá de la transustanciación entre Gas y Geist 17.
Nosotros sólo podremos privilegiar algunos rasgos ingeniosos
en una larga y espiritual diatriba. De nuevo se trata de una cacería.
No se repara en medios. Se hostiga siempre sin piedad, a menudo sin
fe ni ley, es decir, sin demasiada buena fe, a alguien a quien se acusa
de pertenecer a ese linaje del neoevangelismo del que hablábamos
antes. San Max (Stirner), si creemos a Marx (y a Engels), habría
hecho que el Apocalipsis de san Juan mintiese. Allí donde éste anunciaba
a la mujer de Babilonia, ese otro foco de nuestra elipse de
Oriente Medio, aún hoy en día, el neoevangelista Stirner proclama
al hombre, al secreto (das Gebeimnis), al único (den Einzigen). Y ahí
está, en el desierto del espíritu (die Wüste des Geistes), toda la historia
de los espíritus, de los fantasmas o de los (re)aparecidos: primero,
la pura historia de los espíritus (reine Geistergeschichte), luego la
historia de los posesos (die Besessenen) como historia impura de los
fantasmas (unreine Geistergeschichte), después la impura historia
impura de los espíritus (unreine unreine Geistergeschichte). El propio
Stirner lo proclama: «Desde que el verbo se hizo carne, desde
que el mundo se espiritualizó (vergeistigt) y fue encantado (verzaubert),
es un fantasma (ein Spuk)». Marx ironiza acerca del caso
«Stirner» [nombre propio entre comillas: es, como se sabe, un seudónimo]:
«"Stirner" ve espíritus (sieht Geister)». Pues, cual guía turístico
o profesor, Stirner pretendería enseñarnos las reglas del
método para una buena introducción a los fantasmas. Después de
haber determinado el espíritu como algo otro que (el) yo (Der Geist
ist etwas Andrés ais Ich), definición (atrevámonos a subrayarlo) que
no carece de profundidad, Stirner plantea aún una pregunta excelente
(«Pero ese otro ¿qué es?» Dieses Andre aber, ivas ist's?), una
gran pregunta de la que, al parecer, demasiado pronto se mofa Marx,
y que hace todo lo posible por exorcizar a su vez. Tanto más cuanto
que (el propio Marx lo señala para burlarse más fácilmente) dicha
cuestión se contenta con modificar, mediante una «metamorfosis»
(Wandlung) suplementaria, la pregunta originaria (die ursprüngliche
Frage), la cuestión abismal que se refería, en resumidas cuentas, a la
no-identidad consigo mismo, a la inadecuación y, por consiguiente,
a la no-presencia a sí, la intempestividad desajustada de aquello que
se denomina espíritu. Marx no debiera haberse burlado, pero lo hace,
con malicia, con una ingenuidad que quisiera parecer fingida. Tal
vez lo es menos de lo que parece (no tratemos, pues, de ocultar aquí,
incluso aunque no sea del todo el momento, que tomamos en serio
la originalidad, la audacia y, precisamente, la seriedad filosófico política
de Stirner, al que habría que leer también sin Marx o contra
él;
17. «"[Stirner descubre que al final del mundo antiguo 'el espíritu desbordó, como una espuma irresistible, porque los gases (espíritus) (Gase/Geister) se desarrollaban en su seno'" Marx analiza después los "asombrosos juegos" que de ese modo describe san Max (La ideología alemana, p. 214). Hegel ya estuvo atento a la afinidad Gas-Geist: el trabajo de la muerte, la fermentación del cadáver en descomposición marcan el paso de una filosofía de la naturaleza a una filosofía del espíritu. Me permito remitir para esos temas a Glas, Galilée, Paris, 1974, pp. 70, 106, 263 sobre todo, y a Del espíritu, p. 169.
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